MARILYN

  Imagino su presencia, su olor,
  los pechos que todo el mundo ha descrito,
  “pechos de granito” dice Billy Wilder,
  puntiagudos, enormes, elevados, apuntándote;
  imagino su sexo tan codiciado.
  Está desnuda, sentada en un escaño,
  las piernas abiertas, la espalda recta,
  los ojos entreabiertos por el exceso de luz
  te miran ignorándote, mermándote.
  ¡Es mejor que en este sueño no abra la boca!
  Pero lo hace: dientes perfectos, la voz
  profunda y sensual, salida de sus entrañas,
  palabras sueltas, inocentes, capaces de desarmarte.
  Concedes que su olor es lo que tú llamas
  olor a sexo, limpio de cualquier otro perfume.
  Estás frente a ella y has detenido el tiempo.
  No es tu mujer, no es tu deseo oculto,
  mas está ahí, en tu voluntad ahora,
  posesionándote de ti, y aunque tú le das vida,
  ella aún así te minimiza y te domina.
  No soportas esa sensación, esa mirada,
  ese sexo que va a engullirte.
  Entonces imaginas cicatrices, barbitúricos,
  una horrible soledad interior,
  la insoportable levedad que tan bien conoces,
  y la compadeces y lloras.

16-VI-2012