PAISAJES SIN BATALLA


    Un rotor inmóvil, desierto frío,
  noche, tiempo de paz por falta de munición:
  clandestinamente se han amado entre una manta,
  yacen muy juntos conservando el calor,
  el cielo tan azul, tan líquido.
    Luna.

    Un escalofrío, un sonido agudo,
  tal vez una presencia antigua,
  fantasmas, hierros, óxido,
  la levedad de ser persona en un mundo de máquinas;
  sólo él lo escucha.
    Alerta.

    En el sueño todos los remordimientos
  la asaltan, la visitan en formas conocidas,
  ángeles reconvertidos en sombras,
  miedos despiertos, una muerte segura transfigurada.
  Ella todo lo ha urdido.
    Temor.

    La mañana es recibida sin escrúpulos,
  en un coito de ánimas desesperadas,
  una búsqueda aciaga, sobrecogedora
  de llamas perdidas, violenta y seca:
  desprecio del frío, de la luz, del rotor,
  de la estética infrahumana,
  sofoco de todos los castigos mundanos,
  el martillo golpea al yunque hasta agotarlo
  en gritos aterradores de placer
  imitando los alaridos desgarradores de la noche.

    El círculo animal se ha cerrado,
  comienza el día, la supervivencia,
  las miserables y extenuantes relaciones
  determinantes y necesarias,
  el inframundo hipócrita del dios subyugante
  destructor de los campos, creador de desiertos.

15-X-2012