EL VIENTO HACE CRUJIR LOS PINOS

  El viento hace crujir los pinos,
  desparrama los piñones negros sobre el suelo arenoso
  capaz de engullir las ruedas de un vehículo desprevenido.
  Cualquier ruido es absorbido por las copas venteadas;
  un libro reposa en el asiento delantero
  cual tabla de salvación casi nunca utilizada:
  a menudo pienso que un minuto de lectura
  podría desenlazar todos mis nudos mentales,
  otorgarme un placer desmesurado,
  proporcionarme claves ocultas que me mostraran un camino.
  Nunca sucede, no abro el libro.
  Si acaso pongo música y cierro los ojos;
  la sensación de soledad es entonces enorme:
  quizás la muerte ronda en círculos concéntricos,
  o aprovecha las corrientes de aire para economizar energía.
  El libro es mi única puerta de salvación,
  la prolongación de un espacio mental
  sobre el que no ejerzo dominio alguno.
  Al abrir los ojos las nubes han descendido
  entretejiéndose con las copas de los pinos,
  una fina capa de lluvia todo renueva:
  su olor me retrotrae a una niñez despreocupada,
  ingenua, plagada de cómics en los que todo era posible
  y nadie penetraba en el espacio virgen creado a mi alrededor.
  Salgo afuera y recojo muy despacio algunos piñones,
  sé que luego podré partirlos gozosamente con los niños.

25-IX-2012